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miércoles, 30 de octubre de 2013

La sombra y el espejo.

Me desperté con un sobresalto.
La luna aún se erguía alta entre las estrellas, bañando la pared de mi habitación con esa luz irreal, onírica; cuya esencia es apenas insinuar y jamás revelar. El resto de la habitación permanecía cubierta por una oscuridad sólida, opresiva.
Me tomó algunos minutos tomar conciencia de la realidad del mundo. Los lejanos ecos de un sueño interrumpido se aferraban a mi mente, ¿o acaso era una pesadilla? En ese momento no lo recordaba. Hoy lo sé.
Hoy anhelo aquella dulce ignorancia.A medida que mis ojos se habituaban a la penumbra comencé a vislumbrar lo prosaico de mi habitación: ropa en el suelo, interminables edificios de libros carcomidos por mi indolencia; de la mesa y la silla sólo se veían las patas, el resto estaba sepultado bajo enormes lápidas hechas de viejos papeles y cajas.
Extendí el brazo derecho, tanteando la mesa de noche para alcanzar el vaso con agua. Mi mano se congeló en el aire. Vi una luz, apenas un resplandor.
Clavé la mirada al frente, intentando penetrar las tinieblas. Nada. Ninguna luz. Ningún resplandor.Tomé el vaso, y en ese momento lo vi, con total y absoluta claridad. Dos puntos brillantes, en el extremo de la habitación. Dos ojos, rojos cómo el acero en una fragua; observándome.
Imposible describir la sensación de entumecimiento que experimenté durante esos angustiosos segundos. Mientras más trataba de diluir la visión, más clara se hacía ante mis ojos.
Mi mente elaboraba teorías racionales a una velocidad frenética. Sin embargo, esa parte de nosotros que cree en vampiros y aparecidos, aunque enterrada y muda cuando el sol brilla, no se dejaba convencer por buenos que fuesen los argumentos.
En aquella pared nunca hubo nada, al menos nada que pudiese imitar el brillo de esos ojos rojos...¡El espejo! ¡Es el espejo!La idea no me tranquilizó, cómo podría pensarse.
Es cierto, el resplandor parecía tener su origen allí dónde estaba el espejo, pero ¿cuál era la fuente de esa luz? Lentamente, bajé de la cama. Sin mirar hacia adelante me obligué a avanzar.
Cada paso era un esfuerzo consciente de voluntad. Me enfrenté al espejo, y lo vi: una sombra cuyos ojos iluminaban algo de su rostro. Allí no había razón ni sentimientos. Ninguna emoción se asomaba en el rostro pétreo que me observaba, con los ojos fijos, muertos.El resto pertenece al sueño y la locura. Permanecimos enfrentados, la Sombra y yo. Su etérea y difusa forma fue cobrando solidez. La oscuridad se agrupaba en torno suyo, crecía en densidad, más su rostro permanecía en la más inescrutable penumbra. Sólo veía sus ojos, profundos cómo cavernas insondables. No sé si la pregunta la formulé en voz alta, o si apenas alcancé pensarla. Lo cierto es que la Sombra habló. Vi lo que parecían ser sus labios, moverse mientras articulaba las palabras. No me sorprendió notar que el sonido de esas palabras provenían de mi boca.Entonces todo fue confusión, ¿quién se despertó aquella noche? ¿la Sombra o yo? ¿Cuál de las dos habitaciones es la real?Medito sobre todo ésto durante los pocos minutos de cordura que poseo. Sólo existo, por así decir, entre los muros de la habitación.
El resto de la realidad es una brumosa pesadilla, acaso inexistente. A veces, alcanzo a vislumbrar un cuchillo penetrando y lacerando la trémula carne de una ignota mujer; mientras oigo una risa, que no es humana, brotar de mi labios cómo una letanía carente de ritmo, cómo los latidos disonantes de un tambor.
Dentro de poco dejaré de Ser y me hundiré en la noche; en la dulce, ominosa y anhelada ignorancia.Es preferible eso, y no el conocimiento de lo que soy. Ahora sé quién Existe y quién es Reflejo. Ahora sé que me muevo cuando Él se mueve, veo cuando Él vé, asesino cuando él mata, y sólo Soy durante unas breves horas, cuando la Sombra duerme.Mi condena es ver el mundo a través del espejo.
Soy el Otro.
Soy el Reflejo.