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sábado, 28 de julio de 2012

Diario extimo.

Diario extimo 1.La última vez que comencé una terapia sufrí un fuerte desengaño. El psicoterapeuta que me atendió no sólo abandonó su noble práctica, dedicándose con fervor a la filatelia, sino que llegó a la conclusión de que la única rama del saber que podía procurarme algún tratamiento era la antropología social, o acaso la zoología. Cansado de recorrer diferentes ciencias, pasando del espiritismo a la podología, he decidido comenzar esta bitácora.

Como me sucede tan a menudo, el sábado utilicé tantas palabras para decirte lo que siento que terminé hablando de nada. Supongo que se debe a que extraño tanto tu presencia, tu complicidad, el hecho de que sepas mejor que yo lo que pienso (ese "te entiendo", formulado antes de terminar una frase), que cualquier excusa para retener tu voz más hace que se multipliquen mis incoherencias.

En estas semanas de soledad he desarrollado una curiosa capacidad canina: todo me parece una señal, un signo que debe interpretarse. Incluso llegué a atribuirme canciones que no fueron pensadas para mi. Suena patético, y lo es, patético y grotesco. No en el sentido que con tanta liviandad utilizan las películas del norte. En todo caso, mi patetismo la va de refinado. Pienso en elpathèticus latino, o en el παθητικός griego, dónde ambos designan el sublime vehículo que permite al hombre ser uno con el dolor y la tristeza.

Así me siento: Patético, pero culto, eso si.


Decir te amo y escuchar un suspiro como respuesta fue un despertar repentino (léase: patada en las bolas), como si al mirar en un espejo descubriésemos de pronto que éste se niega a reflejarnos. El rencor es imposible, así como esa vana ansiedad por encontrar algo que agite esta tristeza; que me arrebate del letargo imposible de las horas, de los instantes que se encadenan sin que nada cambie.

Escucharte me hizo bien, no tanto esos sonidos perturbadores que pretenden ser el de las aves, y que suenan más a gallinas degolladas, sino sentir tu voz, tu risa, tus suspiros, tus movimientos inquietos del otro lado del teléfono. Me alegra sentir que soy capaz de ser feliz por vos, porque significa que todavía tengo algo de humano, que no todo es penumbra, y aunque me sea imposible ver la luz, es agradable sentir su calidez, la tibia fuerza de un sol velado fluyendo a través de tus palabras.


Hablando en serio -ya sabés lo mucho que me cuesta- quiero que sepas que me cambiaste la vida. Me abrumaste con tu trompa, tu comprensión, tu compañía, tu suavidad, con el eco intenso de tus fragancias en cada cosa que hacés, en cada cosa que tocás. Me honraste compartiendo tus lágrimas, tus miedos. Me abriste la puerta de tu casa, de tu gente. Me cobijaste con esa magia que perciben todos los que te conocen. Los cinco años que pasé a tu lado son un tesoro. De tu mano aprendí las cosas más importantes, y lo que ya sabía adquirió mayor valor al ser iluminado por tu ternura. Hiciste que deseara superarme; que buscara crecer como hombre. No sé, de hecho, si lo he logrado, pero si sé que caminar a tu lado me hizo mejor persona.


En todo esto pensaba hoy a la tarde, sentado en el banco donde nos vimos por primera vez; y de ningún modo pienso ahogar cinco años en la bruma del egoísmo. Porque a fin de cuentas de eso se trata este dolor. No podía ver hacia adelante porque no podía soltarte, y de verdad creo que amar a alguien significa brindarse, ofrecerse a uno mismo para el placer y el dolor. Aferrarse a todo lo que no sean los sentimientos sólo trae angustia.


Tal vez nuestros cuerpos y nuestra piel ya no sean uno bajo las sábanas, pero un lazo imborrable nos une eternamente. Hay cosas que concluyen, y otras permanecen. Tu risa, tus ojos y tu piel siempre serán la medida de mis fantasías, aún de las más aberrantes.

Inicio este Diario Éxtimo para decirte que estoy bien; pero especialmente para que no lleves sobre los hombros un peso que no te merecés. Suframos y lloremos todo lo necesario, pero siempre tengamos presente que nuestro pasado es un refugio -un banco de plaza bajo las ramas de enero- hacia donde siempre podemos volver cuando los golpes de la vida nos hagan olvidar lo que realmente es importante.

A pesar de mi pesimismo patológico, de la necesidad fisiológica de tus besos y caricias, sé que al final los dos saldremos adelante. A fin de cuentas, no importa tanto el final de un camino, sino haberlo caminado.